La política y sus deudas: cuando se le pide al movimiento obrero lo que no resolvió la política.
En las últimas semanas volvió a quedar en evidencia una tensión que no es nueva, pero que hoy aparece más expuesta: la pretensión de parte de la dirigencia política de que el movimiento obrero, encarnado en la CGT, asuma costos y responsabilidades que en realidad son consecuencia de las propias deficiencias de la política en las últimas dos décadas.
En ese marco, crece una mirada crítica sobre el rol de La Cámpora. Durante años, ese espacio construyó una narrativa de fortaleza y capacidad de movilización que, a la hora de los hechos, parece no haber respondido a las expectativas que ellos mismos generaron. La consigna repetida de “si le tocan a Cristina, qué quilombo se va a armar” contrasta con una realidad donde ese “quilombo” nunca terminó de materializarse en la magnitud prometida.
Sin embargo, el punto central no pasa por medir fuerzas, sino por delimitar responsabilidades. Pretender que la CGT o el conjunto del movimiento obrero paralicen el país para dirimir tensiones políticas internas implica desvirtuar su función histórica. El sindicalismo no está para suplir falencias de la dirigencia política ni para intervenir en disputas de poder que no tienen como eje directo las condiciones de vida de los trabajadores.
Es cierto que durante los gobiernos kirchneristas —particularmente en los años de Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner— hubo avances significativos en materia laboral y social. Pero ese reconocimiento no puede traducirse en una subordinación permanente del movimiento obrero a una fuerza política determinada, ni en la obligación de actuar como brazo de presión en conflictos que exceden lo gremial.
Hoy, más que nunca, la CGT enfrenta el desafío de sostener su autonomía. Su rol es claro: defender el salario, las condiciones laborales, el empleo y los derechos conquistados. Cuando se la empuja a involucrarse en internas partidarias, se corre el riesgo de debilitar esa misión.
La discusión de fondo, entonces, no es solo sobre un acto o una declaración puntual. Es sobre los límites entre política y sindicalismo, y sobre la necesidad de que cada actor asuma sus propias responsabilidades. Si la política no logra resolver sus tensiones ni construir representatividad genuina, difícilmente pueda trasladar esa carga al movimiento obrero sin consecuencias.
En tiempos de incertidumbre, ordenar esos roles no es un detalle menor: es una condición necesaria para reconstruir confianza, tanto en la dirigencia política como en las organizaciones que representan a los trabajadores.
Por: Guillermo "Willy" Cantatore