135 manos levantadas, traiciones, incoherencias y una herida abierta para los trabajadores
La imagen del tablero con 135 votos afirmativos quedará en la memoria. La pregunta es qué hará ahora el peronismo: mirar para otro lado o asumir que llegó la hora de ordenar, reconstruir y volver a ser la herramienta política de los que viven de su trabajo.
La votación, realizada en sesión especial el 19 de febrero de 2026, dejó en evidencia algo más profundo que una diferencia numérica. Expuso quiénes están dispuestos a acompañar reformas que, bajo el discurso de la “modernización”, modifican el equilibrio histórico entre capital y trabajo.
Para el peronismo, esto no puede pasar como un trámite más. El movimiento fundado por Juan Domingo Perón y consolidado con la lucha incansable de Eva Perón nació para defender derechos laborales, fortalecer la organización sindical y garantizar justicia social. No para convalidar retrocesos.
Hay dirigentes que llegan a sus bancas con la foto de Perón y Evita en los afiches, que cantan la marcha en campaña y se abrazan a la historia cuando buscan votos. Pero cuando llega la hora de decidir, votan en sintonía con intereses que nada tienen que ver con el trabajador.
El peronismo necesita un cambio profundo. No alcanza con discursos encendidos después de la votación. Hace falta coherencia, coraje y decisión política para separar a quienes usan la identidad peronista como escudo electoral pero gobiernan o legislan de espaldas al pueblo.
Expulsar a los traidores no es dividir: es depurar. Es recuperar la esencia. Porque si el movimiento pierde su razón de ser —la defensa irrestricta de los trabajadores— entonces se transforma en una estructura vacía, sin alma ni conducción moral.